domingo, 1 de marzo de 2009

XIII

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a)

La noche adquiere una conexión familiar con la neblina.

Van de la mano, fornican y se extrañan en la lejanía;

se retuercen y tiemblan de frío con un viento helado

y se estacionan en el pico de un cerro solitario.

En el otoño tiñen el bosque de espíritus rojizos

y guardan el crujido de la tierra, de las hojas muertas.

Nuevas hojas tendrán el mismo lugar y el mismo sonido,

nuevas ramas brotarán de las yagas de las ramas viejas,

hasta que las raíces se arraiguen profundas en la piedra

y los musgos cubran finalmente el último rastro del hombre.

Entonces la noche y la neblina seguirán fornicando:

lo suyo va más allá del tiempo que a nosotros nos marca.

Su juego ha sido un testigo mudo y fiel de nuestras vidas,

el ejemplo claro de cuánto podemos marchitarnos.

b)

Si es así,

¿por qué seguir preguntándonos por nosotros, nuestras vidas?

¿Por qué seguir midiéndonos con arena y manecillas?

La respuesta sería no tener nada más que preguntar.

Si el sol para nosotros es medida y no pura vida

¿para qué seguir preguntándonos?

Si tenemos contados los amaneceres y las noches,

¿para qué seguir midiéndonos?

Habría que encontrar un juego como la noche y la neblina,

olvidarnos de nosotros mismos mientras lo jugamos,

de nuestras preguntas, medidas, respuestas y muertes,

y no pensar en nada más, y florecer, y extrañar, y fornicar,

y todos los amaneceres y todos los anocheceres

y rojo y verde y el minuto y el segundo

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