domingo, 16 de diciembre de 2007
Nostalgia de Zori
Sin Título
As everyone knows, there are insects which die in the moment of fertilization, thus it is with all joy, life’s supreme and most voluptuous moment of pleasure is attended by death
Kierkegaard
Estaba sumido en una depresión profunda. Después del abandono había venido la rutina, y con ella una desesperación silenciosa pero mortal. Lo cansado en la rutina no estribaba tanto en lo que yo hacía, sino en las cosas que notaba de mi actitud día con día. La forma en que me agachaba a amarrar las agujetas de los zapatos, o la forma en que mordía mis uñas cada vez que recordaba el abandono. El asco que sentía cada vez que me descubría en aquellas actitudes. Y pensaba mucho en días pasados, cuando no me preocupaba por pensar en días pasados. Intentando engañar a la memoria bebía, a menudo, hasta quedar inconciente. Antes de eso, sin evitar los recuerdos, apretaba el botón Repeat en mi discman y dejaba que los discos que más me dolían corrieran una y otra vez. Y dejaba, también, que cigarros babeados se consumieran en mi mano. Me quedaba dormido lentamente en una borrachera agria que volvía a comenzar el día siguiente.
Nublado a la mitad de una borrachera habitual, llené un vaso más de cerveza y lo bebí de un trago. Escuché cómo una canción terminaba, y otra comenzaba. Sentí el estómago revuelto como cada vez que sonaban esos acordes. Apreté los ojos para llorar. Deseé que apareciera ella. Serví y vacié otro vaso de cerveza. Tallé mis ojos: el humo del cigarro había cubierto el cuarto. Entre la niebla espesa sentí un aire suave, y creí escuchar el ruido de un aleteo. Después de un parpadeo la vi: una mujer completamente desnuda caminaba hacia mí. Al principio la asocié con mi abandonadora, pero cuando se acercó más noté que era completamente distinta.
La mujer alada y yo hicimos un pacto: la invocaría con una profunda borrachera, entre la conciencia y la inconciencia. Así, el domingo la penetré de espaldas, el martes me obligó a gemir su nombre, el miércoles puso mis manos en su cuerpo y ahí las calentó al rojo vivo con violencia, el viernes hicimos el amor bestialmente. El sábado dormí sobre sus alas negras. Siempre ebriedad y siempre niebla.
Las primeras semanas mi adicción había sido frenética. Buscaba desesperado la ebriedad y en la ebriedad perder conciencia hasta encontrar a la mujer alada. Luego empecé a enfermar. El delirio y las alas negras ahora eran a una pesadilla que no paraba. Durante el tiempo que habíamos pasado, me había drenado. Traté, sin éxito de abandonar la ebriedad, pero siempre volvía a mí. La ebriedad y la mujer alada, de quien yo era alimento. Ahora ya no me quejo. La dejo estar. Después de meses del placer que me ha matado despacio, descubrí que no hay mejor manera de pasar mis últimos días que en el abrazo de sus plumas negras, mientras ella me devora.
Diego Álvarez
domingo, 9 de diciembre de 2007
Citadinia I
Silencioso al principio, el alarido metafísico de ayer, hoy.
Erguida sobre un espeso pantano,
la misma ciudad de todos los días
cae sobre las almas definitiva,
impiedosa y pesada como la roca.
Escucha su ruido impúdico, su baile,
su necedad rubescente y sedienta,
su calidad de espora infecta
(siente madurar sus sombras en tu piel);
el cinismo latente de su peso
que el día ayer era el mismo que el día de hoy,
y, como hoy, pesaba sobre los cuerpos
y sobre las almas
(Dices: "las almas no existen").
Arde en las conciencias el mismo fuego
que no mengua, la calma que no llega.
Nunca entre la saturación habitó el vacío,
nunca un grito en común fue tan silencioso.
(Sin embargo:)
Las luces plásticas esconden las estrellas;
nubes de humo cobijan la ciudad
y la piedra, alarido de ayer, de hoy y de luego
(¡Escucha!)
duerme arrullada por nuestro dolor silencioso.
(Es de noche en la Ciudad)
Diego Álvarez
Haikús para Reciclar
1
tu mano escribe
las letras solitarias
que vuelan lejos
2
quiero oír tu voz
que es rugosa y espesa
y es piedra de luz
3
cada mañana
te mueves como el agua:
navegas a mí
4
suenas a lluvia
escurres en mis manos
tu nombre gotea
5
cuando la noche
te susurra entre dientes
vuleves a mí
6
también tus ojos
que flotan en el aire
son como espejos
7
luz de la luz
sueño dentro de sueño
agua en el agua
8
nunca silencies
tus palabras son caos:
tiñen las sombras
Diego Álvarez
¡Fulco conoce a las Ratas!
Admites en tu cueva
nada más que la sombra.
¿Es cierto,
noche negra?
Enteogenía I
Un departamento pequeño. Entre el humo de los cigarros, poco a poco se materializan tres espectros: F. Zori, Lirian. M, y J. el Rojo. La música es poco distinguible. Los seres vivos pasan de vez en cuando junto a los tres espectros, o los atraviesan, ignorando sus palabras. La luz tenue se mantiene durante toda la escena:
M: La calma de los besos que transcurren en momentos interminables
J: Perfecciones circulares, secretos entrañables
F: Evidentemente las circunstancias
no llevan a ninguna consecuencia.
Evidentemente querría poseer el infinito en un irreflexivo parpadeo.
M: Yo que creía que la vida era corta, ahora pienso que las alas de mariposas son largas como mis lágrimas.
J: Por eso son buenas las texturas de realidad que aparecen de vez en cuando
F: Y, fácticamente, la historia se remite a un solitario punto
perdido sobre el papel.
Se remite a un trazo
olvidado y recubierto sobre el papel solitario...
M: Cada beso que das a la almohada cuando piensas en el mañana, cada lengua que corre por mi piel, su piel.
J: Cuando el sueño se encarna y se torna intocable
F: Tengo, latente, la soledad del alcohol.
Tengo, latente, la olvidada conciencia
de la pluma que es solitaria como los cuerpos y siempre termina en...
La música continúa. Las personas siguen atravesando a los espectros sin notarlos, sin escucharlos. Luego de que terminan de hablar, los espectros poco a poco se desvanecen en la noche...
Diego, Miriam, Jonás
Fulco y las Ratas
salvación? ¿Dónde termina? ¿Cuándo, adormecido
al fin, se calmará el furor de la Fatalidad?
Esquilo
Juntos devoraron los desechos de la sociedad; incluso, después de un tiempo, ésta se borró de la memoria de Fulco. Y se olvidó, también, de todas las preocupaciones y llegó a ser muy feliz en el seno de los roedores. El exilio y la suciedad los hacía similares. Tuvo una madre adoptiva, varios padres y varios hermanos. Conoció el amor de una familia y dejó de creer en la muerte como cree un ser humano.
Por fortuna, dos niños malcriados que se aventuraron, en un juego, a descender a las alcantarillas, lo encontraron e hicieron que lo rescataran. En la superficie, Fulco rápidamente recuperó la vida que sólo le era un vago recuerdo, y se convenció de que las ratas habían sido un buen sueño, pero nada más. Olvidó a su familia al punto que no dudó en matar a Mamá Rata de un pisotón el día en que ella, después de mucho extrañarlo, por fin se decidió a hacerle una visita.
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